Vectores de vida

El 14 de agosto del 1881, el médico y científico cubano Carlos Juan Finlay y Barrés, descubrió que la enfermedad de la fiebre amarilla es transmitida por el mosquito Aedes aegypti.

Aunque ignorado al principio, su contribución en el campo de la ciencia médica ayudó a que pudiera concluirse la obra del Canal de Panamá, protegiendo la salud de sus trabajadores, y sigue ayudando a salvar vidas en todo el mundo.

El mosquito Aedes aegypti también actúa como vector de otras enfermedades, como el Dengue y la fiebre Chicungunya, entre otras. Por eso, es vital que las personas eliminen los posibles criaderos de mosquitos y tomen las medidas adecuadas para evitar el contagio. Pero existe otro contagio del cual el Dr. Finlay no pudo haber creado vacuna. El Señor Jesucristo dice que “lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre.” (Mateo 15:18).

¿Cuántas veces nos hemos convertido en un vector de contagio de desesperanza, de malas noticias, de críticas, de chismes y rumores infundados? ¿Cuántas personas han muerto espiritualmente debido al contagio de nuestro corazón enfermo? Busquemos cada día el antídoto de la sangre de Cristo. Procuremos que todo lo que salga de nuestro corazón y nuestros labios esté siempre inoculado con el suero efectivo de la Palabra de Dios.

Convirtámonos en vectores de vida para un mundo que muere a causa de la epidemia avasallante del pecado. El Señor vino para dar vida en abundancia, y nosotros debemos ser portadores de esa vida.

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